24 enero 2011

Castillo Hochosterwitz -Austria


Fotografia por Desconocido

En uno de los valles más bellos de la región de Carintia, fruto de la naturaleza, se eleva una roca calcárea de 150 metros, visible desde las montañas y colinas vecinas.
Encima de la roca se encuentra el Castillo de Hochosterwitz, una enorme construcción medieval defensiva.


Fotografia por Alfred Wavlicek.

Desde cuyas murallas puede verse a 30 kilómetros a la redonda. Parece sacado de alguna leyenda o de un libro de cuentos para niños, y precisamente eso es lo que lo ha convertido en una gran atracción turística.


Fotografia Via

Parece que sus orígenes datan del año 860 cuando se construye allí arriba una primera fortaleza, pero con el correr de los siglos esa fortaleza fue cambiando de forma hasta convertirse en un castillo que a su vez fue reformado y ampliado más veces. Quien más hizo reformas fue Georg Freiherr con Khevenhüller, dotándolo de una cámara de armas en la que hoy pueden observarse armas antiguas y hasta otomanas.



Fotografia por Sl-Ziga

En los documentos más antiguos, fechados entre los siglos IX y XII, no aparece Osterwitz sino Astarvizza. Los escritores de la Edad Media empleaban la grafía “doble z” para la “s” sorda, de forma que Astarvissa sería la denominación más antigua de la roca. La palabra tarviss proviene del celta. De esta raíz nace la denominación de Tauern y sus antiguos pobladores, los Tauriscos.


Fotografia por Johann Jaritz

Así, la roca bien podría haberse llamado en tiempos de los romanos Arx taurisca (la Fiesta de los tauriscos), para ir tomando posteriormente poco a poco el nombre de Astarvizza, que más tarde se convertiría en Ostroviza, dando lugar, finalmente, a Osterwitz. Que este pico montañoso fue poblado muy pronto, lo demuestran numerosos hallazgos como los fragmentos de recipientes de barro pertenecientes a la Edad de Piedra (1.800 a. C), de la culura Hallstaat y de La Tène. De época romana se han encontrado ruecas, pesas de telares, restos de herrumbres, etc. Dignos de mención son una aguja de coser de la Edad de Bronce (1200 a.C.) y un alfabeto romano.


Fotografia por Johann Jaritz

Cuando Virunum se convirtió en la capital de la nueva provincia romana de Noricum, probablemente seguía erguido sobre la roca un santuario celta dedicado a la divinidad Belinus de origen iliro-celta.


Fotografia por Johann Jaritz

La población que permaneció en el lugar durante la invasión de los bárbaros abrazó la religión cristiana en el siglo IV. Pero este principio de cultura cristiana desapareció durante la invasión eslava pagana en el siglo V. La calma y el orden no llegaron a la región de Carintia hasta que los eslavos no se sometieron al Imperio Franco y se extendió el cristianismo entre la población, a cuya causa contribuyó decisivamente la fundación de iglesias, impulsada por los Príncipes de la Iglesia de Salzburgo y Friesing.


Fotografia por Johann Jaritz


En su afán colonizador, las dignidades eclesiásticas recibieron en numerosas ocasiones grandes extensiones de tierra pertenecientes a la Corona –documentalmente acreditada está la concesión de varias fincas en 860 por parte del Rey Luis el Alemán a la diócesis de Salzburgo, mencionándose un palacio (curtis) en Osterwitz (ad Astaruizza). Sin duda alguna, estas concesiones incluían también zonas de bosque que continúan estando hoy en día en manos del cabildo (Obispado de Gurk).


Fotografia por brandstaetter

Los bienes del Rey jugaron un papel importante en el desarrollo económico del país, de cuya gestión a favor del erario real se encargaron funcionarios provenientes de importantes familias de Franconia, Suabia o Baviera. Ellos representaron un elemento esencial en la propagación de la cultura alemana dentro de las fronteras de Carintia.


Fotografia por wolfgang.wedenig


Se fueron creando familias poderosas, a las cuales pertenecían los Condados de Spanheim, así como los Landgraves y Conde palatino de Baviera. Estos últimos debían de ser descendientes del Emperador alemán Arnulfo de Carintia. Ceizolf de Spanheim se autoproclama “de Osterwitz” en un documento. Fue el fundador de un nuevo linaje.

La primera mención documentada como castrum (es decir, castillo) de Osterwitz aparece en un registro feudal de Gurk hacia el año 1.200. Ésta es también la época en la que los privilegios del mercado de St. Veit son elevados a residencia ducal.

En su día, el Duque Bernardo nombró Copero a los Señores de Osterwitz, confió el bastón de mariscal a los Caballeros de Karlsberg y vistió a los Caballeros de Kraig con los ropajes de Truchsessen. La corte se alojó en el castillo con motivo del viaje a Roma del Rey Otto IV, el cual había decidido hacerse con la Corona Imperial en San Pedro (4 de octubre de 1209). Entre sus recién nombrados dignatarios de la Corte, es de destacar la presencia de Hermann, el primer Copero de Osterwitz.

El Duque Bernardo, patrón de poetas y cantantes, logró atraer a uno de los juglares alemanes más importantes, Walter de Vogelweide, a sus cortes de Himmelberg, Völkermarkt y St. Veit, y con ello también a Osterwitz al Copero Hermann, el gran amigo del Duque.

A pesar de la gran renovación que sufrió el castillo en el siglo XVI, aún puede entreverse algo de la construcción original. La torre de cuatro esquinas de la entrada (Berchfrit), inmediatamente adyacentes a las habitaciones (Palas) y la pequeña capilla Real pertenecen al antiguo castillo de los Copero. La mencionada Vieja Puerta es la actual Cuarta Puerta y la fortificación de la que quedan restos en los lienzos del muro en piedra se encuentra en la ladera sur, al principio del llamado Sendero del Loco.

La invención de las armas de fuego supuso la utilización de nuevas técnicas de ataque y de defensa. Dejó de ser suficiente el elevar los puentes de acceso y esconderse tras grandes muros. La época caballeresca había llegado a su fin.

Un nuevo y terrible enemigo amenazaba el interior de Austria: el turco. El peligro fue constante desde que en 1453 el Sultán Mohamed II conquistó Constantinopla e instauró un Estado otomano en territorio europeo. Tres siglos duró la resistencia austriaca para preservar la cultura europea contra aquella invasión venida de Asia, y en ello residió su gran labor histórica.

El Emperador Federico III supo de la peligrosa situación de sus territorios fronterizos cuando en 1473 los turcos llegaron a la frontera de Carniola con un gran ejército.
A finales de abril llegó un requerimiento real a los Estados provinciales de Carintia en el que se les exhortaba a ponerse bajo las órdenes del Copero Guillermo de Osterwitz y enfrentarse en la frontera a los turcos junto con estirios y carniolos, protegiendo en lo posible las entradas a Carintia.

El 26 de septiembre, el grueso del enemigo cruzó Klagenfurt, mientras otras huestes atravesaban Osterwitz, St. Veit y Glantal, dejando tras de sí una estela de destrucción por doquier. Se demostró el valor de los castillos y ciudades fortificados, que pudieron ofrecer protección a la población en busca de refugio.
Numerosos carintios fueron capturados y llevados como cautivos a Turquía, aunque algunos fueron liberados a cambio de elevados rescates. Igual suerte corrió el Copero Jorge de Osterwitz, hermano del ya mencionado Guillermo, que sufrió cautiverio turco, tras sufrir una derrota a campo abierto junto a sus compañeros carintios. Murió prisionero en 1476. El castillo había quedado seriamente dañado a causa de los continuos ataques de los turcos a lo largo de las tres últimas décadas.

Hans Schenk de Osterwitz, el último descendiente de los Spanheim, entregó los bienes heredados como feudo al Emperador; unos bienes que habían estado durante cuatro siglos en manos de sus antecesores. Esto ocurrió el 30 de mayo de 1478. Osterwitz pasaba a ser feudo del Emperador.

Sin embargo, en 1509 con Matías Lang, Obispo de Gurk, comenzó una nueva época de recuperación del castillo. El 5 de octubre, el Emperador Maximiliano I donó el castillo de Osterwitz a Matías Lang, obispo de Gurk.

La remodelación de Matthäus Lang se extiende principalmente por la zona alta del castillo. A su perseverancia hay que agradecer el hecho de que el castillo no sufriera la misma suerte que muchos otros, abandonados a las inclemencias del tiempo.

En la época del arzobispo Lang, el rey Fernando I concedió a Christof Khevenhüller la prerrogativa del cobro de los impuestos de Osterwitz. Con él llegaron nuevos tiempos para el castillo. La antigua progenie debía cederle el puesto a la nueva que se iba elevando. A estos últimos pertenecían los Khevenhüller. En antiguas anotaciones, no acreditadas documentalmente, aparece un Khevenhüller que, en 1148, se desplaza de Franconia a Carintia en calidad de comisario de los bienes del obispo en Bamberg. Sus descendientes conservaron el castillo de Aichelberg junto al lago Oissiach como feudo, del que portan nombre y escudo de armas.

Tras la muerte de Matías Lang, Cristóbal Khevenhüller de Aichelberg llega a Osterwitz, el 22 de noviembre de 1541, como titular de los derechos prendarios de la propiedad. Nombra comandante del castillo a Jorge Kulmer de Münzenbach, compañero de armas de su hermano Sigmundo durante el asedio turco de Viena (1529).

De Cristóbal Khevenhüller datan las imponentes plantas de los bastiones empleados en aquella época por primera vez para la fortificación, que fueron construidas probablemente por Domenico dell’Aglio, uno de los ingenieros militares más importantes de su tiempo.

Juan, el hijo de Cristóbal, hereda de su padre el derecho prendario tras su muerte, acaecida en 1557. Él fue quien ordenó construir el parador a los pies de la montaña del castillo, como lo atestigua una placa de piedra en la que consta la inscripción “J.K. 1559”. Jorge Khevenhüller, su primo, toma posesión del castillo Osterwitz el 18 de marzo de 1571, comprándoselo al Archiduque Carlos. Por su cargo como consejero privado del Archiduque Carlos y como gobernador, Jorge Khevenhüller se encontraba en lo más alto de la vida política de su tiempo.

Jorge Khevenhüller fue un buen ejemplo, ya que consolidó y equipó Osterwitz, empleando recursos excepcionales para los tiempos que corrían.
Una placa conmemorativa de mármol en el castillo, de 1576, proclama que Georg Khevenhüller “restauró este castillo con sus propios ingresos para usarlo como su casa, lo fortificó y lo dotó de una armería”.

Existe un inventario de la armería fechado en 1669, donde se enumeran: 33 piezas de artillería pesada y ligera, 2 arcabuces de ruedas, 4 caballetes de hierro, 365 arcabuces y mosquetes, 106 guerrilleros, 135 alabarderos, 102 picas, 67 corazas enteras, 40 hachas, dagas, capacetes, y muchos más. En total se hallaron unas 700 piezas.

El amor y la dedicación de Jorge hacia su castillo duraron toda la vida; les encargó el cuidado futuro a sus descendientes y este deseo lo dejó esculpido en un mármol, para recuerdo de todos los tiempos. Lo que han hecho los herederos con gran devoción.

Jorge Khevenhüller fue gobernador hasta su muerte el 9 de septiembre de 1587. Fue Caballerizo mayor y consejero Imperial de Fernando I, Maximiliano II y Rodolfo II, además de consejero personal, secretario, Camarero mayor y Mayordomo mayor del Archiduque Carlos. Fue enterrado en la Iglesia parroquial de Villach, el mismo lugar donde yacen los restos de sus antepasados, algo que le fue negado a Francisco, su segundo hijo. Hasta más allá de la muerte alcanzaban entonces los enfrentamientos ideológicos que consideraban irreconciliable el enterramiento de un luterano en la Iglesia parroquial de Villach, que era católica. Francisco Khevenhüller fue el primero cuyos restos descansan en la Iglesia de Hochosterwitz.

La Contrarreforma en los Alpes alcanza su punto culminante durante el Imperio de Fernando II, cuando el 1 de agosto de 1628, se ordena la expulsión de los señores y caballeros protestantes de Estiria, Carintia y Carniola.

Casi todos los nietos de Jorge Khevenhüller optaron por emigrar, sumándose a los que ya se habían exiliado; sus bienes fueron adquiridos por especuladores del suelo a precios mínimos.

Cada guerra trae consigo un declive económico. Ello se hace especialmente visible en el abandono de muchos monumentos que acaban por derruirse. El soberbio castillo de Hochosterwitz estuvo a punto de correr esa suerte en repetidas ocasiones a lo largo de su historia, pero afortunadamente siempre hubo algún miembro de la familia Khevenhüller que, haciendo caso de la inscripción de aquel antepasado, se preocupó por la conservación del castillo.

Las piedras de Hochosterwitz son testigos de cientos de años de historia universal; su esencia no ha variado, sólo su cometido. Su gran tarea consiste en mostrar a los visitantes de hoy un pasado glorioso y ser un monumento al valor y espíritu de sacrificio en pro del bien y la prosperidad de la Patria de las que dio muestras imborrables su reformador Georg, Barón de Khevenhüller.

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